Cada dos años, los World Nomad Games reivindican las tradiciones nómadas a través del deporte y la cultura. La capital de Kazajistán, Astaná, ha acogido el evento con la participación de atletas venidos de 89 países distintos.

A las doce y cuarto de la noche, una chica de unos 25 años se sienta cerca de mí en la sala de espera del aeropuerto de Estambul. Lleva puesto un hiyab, viste ropa deportiva y arrastra su equipaje de mano, que deja perfectamente alineado delante de ella antes de sentarse a unos pocos metros, dándome la espalda. En la parte trasera de su suéter se lee Federación Iraní de Lucha, por encima del escudo nacional de su país, que cubre gran parte de su espalda.

Unos diez minutos después, llega otra chica: misma edad, chándal y una mochila colgando de su hombro derecho. No lleva hijab y la indumentaria no es del mismo color pero cuando se sienta justo detrás de la otra chica, parece su reflejo. Al dejar su mochila en el suelo del aeropuerto, leo en ella la inscripción “Federación Serbia de Lucha”.

Las dos chicas están espalda con espalda mirando el móvil, sin saber que, en menos de cuatro días, estarán peleando una contra la otra en los World Nomad Games, en Astaná, Kazajistán, nuestro destino.

Poco a poco la sala de espera se va llenando de deportistas de diferentes nacionalidades, participantes en la quinta edición de este certamen, que tiene como eje principal la promoción de la cultura nómada. Además de un amplio programa cultural, que incluye música, danza, gastronomía y espacios reservados a la difusión científica de la vida nómada de Asia Central, la joya de la corona de los World Nomad Games son sin duda las competiciones deportivas, que se disputan en seis sedes de la ciudad.

A las pocas horas de haber llegado a Kazajistán, me desplazo al centro de acreditación para periodistas, donde más de un centenar de voluntarios gestionan cuidadosamente las solicitudes recibidas y entregan a cada uno de nosotros una bolsa con una camiseta, un chaleco, la acreditación y una tarjeta de móvil kazaja. En esta primera jornada de competiciones, solo se disputa una de las tres modalidades de tiro con arco a caballo ya que todo el protagonismo recae en la ceremonia de inauguración, que acoge el estadio nacional de fútbol del país, el Astaná Arena.

El pistoletazo de salida de los World Nomad Games se traduce en un espectáculo de luces y colores, a la altura de cualquier representación escénica de primer orden mundial. La coordinación entre mil artistas para narrar la historia del país, la importancia de la ruta de la seda, la vida nómada o el simbolismo de las yurtas – sus hogares –, evidencia el gran talento artístico que se esconde en esta zona del mundo.

Tras este gran show, llega el momento del desfile de cada delegación, donde la muchedumbre de países como Kazajistán, Mongolia, Turkmenistán, Turquía o China, contrasta con la poca representación de otros, como Angola, Antigua y Barbuda, España o Perú.

El segundo día de competiciones es, en realidad, el primero. Prácticamente todos y todas las deportistas participan en las fases preliminares de sus respectivas modalidades. Un gran hotel de lujo al norte de la ciudad acoge los juegos tradicionales de mesa, dos polideportivos son las sedes de distintas competiciones folclóricas y de lucha – algunas parecidas al judo, como el “Kazakh Kuresi”. y el “Kurash” y otras más peculiares como el “Tug of war” (tirar la cuerda) o el “Mas-Wrestling” –, mientras que en el hipódromo “Kazanat” se practican las disciplinas a caballo, las competiciones de
fuerza y de tiro con arco, a la vez que se celebran todos los eventos científicos y culturales, destacando una inmensa acampada de yurtas de diferentes regiones de Asia. Solo en la vertiente deportiva, la participación total es de más de 2,000 atletas procedentes de 89 países.

Algunos de estos deportes son especialmente populares en la región, y así se demuestra en las graderías de los estadios. El Kok-Par y el Kok-Boru son, sin duda, el equivalente al fútbol en Europa o a la NBA en Estados Unidos. Son deportes de masas y ni el público ni los deportistas se conforman con participar. Solo vale ganar, en juego está el honor de un país y la gloria olímpica (nómada, en este caso) durante los próximos dos años, hasta que se vuelva a celebrar la competición.

El Kok-Par y el Kok-Boru son deportes a caballo en los que dos equipos de jinetes compiten para recoger el cadáver de una cabra del suelo y llevarlo al área de gol del equipo contrario que, en un caso es un gran círculo y, en el otro, una gran canasta a medio metro del suelo. Los World Nomad Games han adaptado el juego a los nuevos tiempos y, en lugar de un borrego decapitado, utilizan una réplica de plástico de este animal, de unos 35 kilos de peso.

Siendo tan grande la recompensa y tan dura la derrota, nunca sabremos si los dos candidatos a la medalla de oro han decidido repartirse el pastel o si el destino ha sido bueno con los dos. El hecho es que las finales de ambas competiciones las disputan Kazajistán contra Kirguistán, resultando ganadores cada uno en una final, bajo el júbilo y éxtasis de la afición local y la del país vecino.

La emoción se replica en todas las otras disciplinas, algunas aún más visuales y singulares para aquellos espectadores y periodistas venidos de países lejanos, poco familiarizados con estas prácticas. Una de estas es el Tenge Ilu, donde un caballo corre unos 100 metros a toda velocidad mientras el jinete intenta alcanzar unas marcas del suelo, poniendo a prueba su equilibrio, agilidad y fuerza. Otra es la lucha a caballo o “Horseback Wrestling”, una especie de sumo a lomos de un caballo, en la que los dos luchadores protagonistas no solo deben derribar a su oponente, sino también dirigir a su animal dentro del ring, domarlo y mantenerse firmes cuando este se levanta sobre las dos patas traseras en los momentos más intensos de la pelea.

La majestuosidad animal no se limita a los caballos. Las competiciones de cetrería se transforman en un desfile de aves rapaces de dimensiones descomunales y velocidades vertiginosas, que muestran sus habilidades cuando los cetreros les dan la orden para salir a la caza de un “falso” zorro, teledirigido por los miembros de la organización.

El ambiente desfermado y el rugido del público en estas categorías contrasta con el silencio de las pruebas de tiro con arco. Parece extraño cómo los mismos aficionados que jadean a sus compatriotas sean los mismos que contienen el aliento para trasladarles la máxima concentración y precisión, y es que un pequeño desvío en el momento del lanzamiento de la flecha puede suponer el fin de la aventura nómada para los participantes.

Cuando los deportistas toman un respiro y las competiciones se detienen, son los músicos, cantantes y cocineros quienes se convierten en los protagonistas. En cada una de las sedes hay oferta cultural y gastronómica, pero en el Ethnoaul es donde se concentra la mayor variedad de música y comida. Vendedores y clientes intercambian “tenges” (moneda kazaja) por sopas de tripa, brochetas de caballo, arroz, carne condimentada y bocadillos variopintos, al ritmo de instrumentos como el topshur, el khobrak, el dungur o el khel khuur y las voces rítmicas de hombres, mujeres, niños y
niñas.

Tras una semana de celebraciones, la quinta edición de los World Nomad Games culmina con una ceremonia de clausura a la que ni yo ni el resto de periodistas desplazados a Astaná podemos acceder. La organización ha tenido que recortar el presupuesto de este espectáculo para destinar fondos a la recuperación de las inundaciones que afectaron el país en abril y solo los deportistas pueden acceder al recinto donde se celebra esta última fiesta nómada. Un grupo de cinco fotógrafos abandonamos juntos las instalaciones y terminamos cenando en un pequeño restaurante regentado por un antiguo piloto de aviación de la URSS, decorado con partes de aviones de combate y cascos
y trajes de antaño.

En el medallero final, el país anfitrión termina por duplicar en número de medallas al segundo, Kirguistán, y hay polémica. Solo han sido los deportistas kazajos los que han podido competir con sus propios animales (caballos, halcones, águilas) y material (flechas y arcos), debido a los trámites y permisos aeroportuarios. En 2026, los kirguís podrán vengarse: serán ellos los que alojarán la siguiente edición de los World Nomad Games.

Autoría e imágenes de Albert Morales Raich, graduado en Comunicación y Cooperación Internacional. Ha trabajado como periodista en medios de comunicación como Betevé y Lleida TV y como a documentalista free lance – destacando las piezas Heil Europe (Grecia, 2016) sobre la crisis de refugiados, Handicap (Senegal, 2018) sobre el albinismo en África -. Desde el 2020 se dedica a la cooperación, habiendo trabajado en Palestina, Burkina Faso y, actualmente, como técnico en Barcelona.

Datos de contacto: Twitter: @ratble Linkdn: Albert Morales Raich

17 de diciembre de 2024Actualidad

Cada dos años, los World Nomad Games reivindican las tradiciones nómadas a través del deporte y la cultura. La capital de Kazajistán, Astaná, ha acogido el evento con la participación de atletas venidos de 89 países distintos.

A las doce y cuarto de la noche, una chica de unos 25 años se sienta cerca de mí en la sala de espera del aeropuerto de Estambul. Lleva puesto un hiyab, viste ropa deportiva y arrastra su equipaje de mano, que deja perfectamente alineado delante de ella antes de sentarse a unos pocos metros, dándome la espalda. En la parte trasera de su suéter se lee Federación Iraní de Lucha, por encima del escudo nacional de su país, que cubre gran parte de su espalda.

Unos diez minutos después, llega otra chica: misma edad, chándal y una mochila colgando de su hombro derecho. No lleva hijab y la indumentaria no es del mismo color pero cuando se sienta justo detrás de la otra chica, parece su reflejo. Al dejar su mochila en el suelo del aeropuerto, leo en ella la inscripción “Federación Serbia de Lucha”.

Las dos chicas están espalda con espalda mirando el móvil, sin saber que, en menos de cuatro días, estarán peleando una contra la otra en los World Nomad Games, en Astaná, Kazajistán, nuestro destino.

Poco a poco la sala de espera se va llenando de deportistas de diferentes nacionalidades, participantes en la quinta edición de este certamen, que tiene como eje principal la promoción de la cultura nómada. Además de un amplio programa cultural, que incluye música, danza, gastronomía y espacios reservados a la difusión científica de la vida nómada de Asia Central, la joya de la corona de los World Nomad Games son sin duda las competiciones deportivas, que se disputan en seis sedes de la ciudad.

A las pocas horas de haber llegado a Kazajistán, me desplazo al centro de acreditación para periodistas, donde más de un centenar de voluntarios gestionan cuidadosamente las solicitudes recibidas y entregan a cada uno de nosotros una bolsa con una camiseta, un chaleco, la acreditación y una tarjeta de móvil kazaja. En esta primera jornada de competiciones, solo se disputa una de las tres modalidades de tiro con arco a caballo ya que todo el protagonismo recae en la ceremonia de inauguración, que acoge el estadio nacional de fútbol del país, el Astaná Arena.

El pistoletazo de salida de los World Nomad Games se traduce en un espectáculo de luces y colores, a la altura de cualquier representación escénica de primer orden mundial. La coordinación entre mil artistas para narrar la historia del país, la importancia de la ruta de la seda, la vida nómada o el simbolismo de las yurtas – sus hogares –, evidencia el gran talento artístico que se esconde en esta zona del mundo.

Tras este gran show, llega el momento del desfile de cada delegación, donde la muchedumbre de países como Kazajistán, Mongolia, Turkmenistán, Turquía o China, contrasta con la poca representación de otros, como Angola, Antigua y Barbuda, España o Perú.

El segundo día de competiciones es, en realidad, el primero. Prácticamente todos y todas las deportistas participan en las fases preliminares de sus respectivas modalidades. Un gran hotel de lujo al norte de la ciudad acoge los juegos tradicionales de mesa, dos polideportivos son las sedes de distintas competiciones folclóricas y de lucha – algunas parecidas al judo, como el “Kazakh Kuresi”. y el “Kurash” y otras más peculiares como el “Tug of war” (tirar la cuerda) o el “Mas-Wrestling” –, mientras que en el hipódromo “Kazanat” se practican las disciplinas a caballo, las competiciones de
fuerza y de tiro con arco, a la vez que se celebran todos los eventos científicos y culturales, destacando una inmensa acampada de yurtas de diferentes regiones de Asia. Solo en la vertiente deportiva, la participación total es de más de 2,000 atletas procedentes de 89 países.

Algunos de estos deportes son especialmente populares en la región, y así se demuestra en las graderías de los estadios. El Kok-Par y el Kok-Boru son, sin duda, el equivalente al fútbol en Europa o a la NBA en Estados Unidos. Son deportes de masas y ni el público ni los deportistas se conforman con participar. Solo vale ganar, en juego está el honor de un país y la gloria olímpica (nómada, en este caso) durante los próximos dos años, hasta que se vuelva a celebrar la competición.

El Kok-Par y el Kok-Boru son deportes a caballo en los que dos equipos de jinetes compiten para recoger el cadáver de una cabra del suelo y llevarlo al área de gol del equipo contrario que, en un caso es un gran círculo y, en el otro, una gran canasta a medio metro del suelo. Los World Nomad Games han adaptado el juego a los nuevos tiempos y, en lugar de un borrego decapitado, utilizan una réplica de plástico de este animal, de unos 35 kilos de peso.

Siendo tan grande la recompensa y tan dura la derrota, nunca sabremos si los dos candidatos a la medalla de oro han decidido repartirse el pastel o si el destino ha sido bueno con los dos. El hecho es que las finales de ambas competiciones las disputan Kazajistán contra Kirguistán, resultando ganadores cada uno en una final, bajo el júbilo y éxtasis de la afición local y la del país vecino.

La emoción se replica en todas las otras disciplinas, algunas aún más visuales y singulares para aquellos espectadores y periodistas venidos de países lejanos, poco familiarizados con estas prácticas. Una de estas es el Tenge Ilu, donde un caballo corre unos 100 metros a toda velocidad mientras el jinete intenta alcanzar unas marcas del suelo, poniendo a prueba su equilibrio, agilidad y fuerza. Otra es la lucha a caballo o “Horseback Wrestling”, una especie de sumo a lomos de un caballo, en la que los dos luchadores protagonistas no solo deben derribar a su oponente, sino también dirigir a su animal dentro del ring, domarlo y mantenerse firmes cuando este se levanta sobre las dos patas traseras en los momentos más intensos de la pelea.

La majestuosidad animal no se limita a los caballos. Las competiciones de cetrería se transforman en un desfile de aves rapaces de dimensiones descomunales y velocidades vertiginosas, que muestran sus habilidades cuando los cetreros les dan la orden para salir a la caza de un “falso” zorro, teledirigido por los miembros de la organización.

El ambiente desfermado y el rugido del público en estas categorías contrasta con el silencio de las pruebas de tiro con arco. Parece extraño cómo los mismos aficionados que jadean a sus compatriotas sean los mismos que contienen el aliento para trasladarles la máxima concentración y precisión, y es que un pequeño desvío en el momento del lanzamiento de la flecha puede suponer el fin de la aventura nómada para los participantes.

Cuando los deportistas toman un respiro y las competiciones se detienen, son los músicos, cantantes y cocineros quienes se convierten en los protagonistas. En cada una de las sedes hay oferta cultural y gastronómica, pero en el Ethnoaul es donde se concentra la mayor variedad de música y comida. Vendedores y clientes intercambian “tenges” (moneda kazaja) por sopas de tripa, brochetas de caballo, arroz, carne condimentada y bocadillos variopintos, al ritmo de instrumentos como el topshur, el khobrak, el dungur o el khel khuur y las voces rítmicas de hombres, mujeres, niños y
niñas.

Tras una semana de celebraciones, la quinta edición de los World Nomad Games culmina con una ceremonia de clausura a la que ni yo ni el resto de periodistas desplazados a Astaná podemos acceder. La organización ha tenido que recortar el presupuesto de este espectáculo para destinar fondos a la recuperación de las inundaciones que afectaron el país en abril y solo los deportistas pueden acceder al recinto donde se celebra esta última fiesta nómada. Un grupo de cinco fotógrafos abandonamos juntos las instalaciones y terminamos cenando en un pequeño restaurante regentado por un antiguo piloto de aviación de la URSS, decorado con partes de aviones de combate y cascos
y trajes de antaño.

En el medallero final, el país anfitrión termina por duplicar en número de medallas al segundo, Kirguistán, y hay polémica. Solo han sido los deportistas kazajos los que han podido competir con sus propios animales (caballos, halcones, águilas) y material (flechas y arcos), debido a los trámites y permisos aeroportuarios. En 2026, los kirguís podrán vengarse: serán ellos los que alojarán la siguiente edición de los World Nomad Games.

Autoría e imágenes de Albert Morales Raich, graduado en Comunicación y Cooperación Internacional. Ha trabajado como periodista en medios de comunicación como Betevé y Lleida TV y como a documentalista free lance – destacando las piezas Heil Europe (Grecia, 2016) sobre la crisis de refugiados, Handicap (Senegal, 2018) sobre el albinismo en África -. Desde el 2020 se dedica a la cooperación, habiendo trabajado en Palestina, Burkina Faso y, actualmente, como técnico en Barcelona.

Datos de contacto: Twitter: @ratble Linkdn: Albert Morales Raich

17 de diciembre de 2024Actualidad