Desde el Observatorio de Asia Central (OAC) de Casa Asia nos hacemos eco del libro Cuadernos de Estrategia 216. Asia Central: de pivote a encrucijada del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE) publicando un capítulo mensual en la web del OAC.
Este mes de marzo de 2023 difundimos el capítulo «El descenso de Afganistán al caos: el retorno de los talibanes», escrito por Ahmed Rashid, escritor y periodista especializado en Afganistán, Pakistán y Asia Central.
Además, el 30 de marzo de 2023 a las 18 h en el Palau Macaya (Barcelona) organizaremos junto con CaixaBank y el IEEE, la mesa redonda Asia Central: de pivote a encrucijada, con motivo de la presentación del libro Cuadernos de Estrategia 216. Asia Central: de pivote a encrucijada. La entrada es libre previa inscripción.
Capítulo octavo. El descenso de Afganistán al caos: el retorno de los talibanes

Introducción
En el mes de agosto de 2021, Kabul cayó, una vez más, ante los talibanes. La vez pasada, en el año 1996, el resultado fue calamitoso, por lo que esta vez se podría repetir un escenario de las mismas características.
Las imágenes de la caótica evacuación del personal estadounidense y europeo de Afganistán llenaron las pantallas de los medios de comunicación de todo el mundo, junto con los inforomes de las terribles condiciones de vida en el país. Esto fue una conmoción, aunque desgraciadamente no se podía considerar una sorpresa ante los ojos de los que comprenden la situación especial de los afganos. Desafortunadamente, mis experiencias durante cuarenta años de cubrir esta región, las guerras en Afganistán y sus insurgentes me han convencido durante mucho tiempo de la inevitabilidad de que nos encontraríamos con un acontecimiento de esta magnitud.
Aunque las causas pueden ser variadas, el fundamentalismo islámico convulsiona la región a través de movimientos sociales que a menudo son más peligrosos y destructivos que los meros actos de terrorismo, hechos que Occidente y los regímenes en los estados musulmanes ignoran obstinadamente.
Antecedentes históricos
Haciendo una visión retrospectiva de los acontecimientos de hace ya más de veinte años, viene a mi memoria mi libro Taliban: Militant Islam, Oil and Fundamentalism in Central Asia, basado en mis informes desde el núcleo de los talibanes. Este apareció en Gran Bretaña en 2000, y luego a mediados del año siguiente en los Estados Unidos, donde no se le prestó una excesiva atención exceptuando los círculos de especialistas en el tema.
Unas semanas después de la fecha de la publicación en los Estados Unidos la realidad sacudió al mundo en toda su contundencia, cuando se produjeron los atentados del 11 de septiembre de 2001.
De repente, todos quisieron saber sobre este relato de la génesis y el ascenso de los militantes fundamentalistas, de los que pocos en América o Europa habían oído hablar hasta sus espectaculares ataques. A modo de ejemplo significativo, cuando el presidente G. W. Bush escuchó por primera vez el nombre de talibanes, pensó que eran un grupo femenino de música pop.
La publicación establecía los cambios que las tribus afganas estaban experimentando en medio de una guerra civil y describía su eventual determinación de gobernar Afganistán, lo que comenzaron a hacer cuando surgieron por primera vez en 1993 y conquistaron Kabul en 1996. Descent into Chaos, publicado en 2008, llevó la historia a través de los eventos posteriores al 9/11 y los ataques de Al Qaeda en Nueva York y Washington, D. C. En esta ocasión había que explicar cómo los talibanes se dispersaron y luego se reagruparon en toda la región después de ser golpeados a fondo por los estadounidenses y sus aliados en la guerra.
En un principio, los talibanes que sobrevivieron a los ataques norteamericanos durante la operación Enduring Freedom huyeron a sus aldeas o a las madrazas en Pakistán. Sus líderes, aún más dispersos, intentaban escapar de la vigilancia y persecución y muchos de ellos acabaron prisioneros de los estadounidenses en las instalaciones de Guantánamo.
A finales de 2002, algunos de los líderes talibanes resurgieron en Karachi e intentaron reagruparse convocando a sus mejores combatientes. A lo largo del referido documento anterior se relató la historia de su reencarnación, y explicó la resistencia de los talibanes cuando aprovecharon la campaña estadounidense en Irak del año 2003.
La decisión de los EE. UU. de intervenir en Irak marcó un antes y un después en la presencia norteamericana y aliada en Afganistán. Este hecho resultó ser una gran distracción para los estadounidenses y un gran beneficio para los talibanes, que notaban el alivio de la presión ejercida contra ellos.
Otro aspecto para tener en cuenta con mayor detalle fue el papel de la inteligencia militar pakistaní en la subvención de la reaparición de los talibanes. Hoy es crucial comprender esta historia si queremos entender completamente la marcha hacia la victoria de los talibanes en Kabul, después de capturar la ciudad en agosto de 2021, abriendo así su segundo mandato tras un paréntesis de más de 20 años.
La evolución de los acontecimientos
Ya en 2007 retomé la investigación de mi nuevo libro, en contra de muchos analistas y colegas, quienes consideraban mis reflexiones como demasiado pesimistas en cuanto al futuro de Afganistán y la presencia militar de Estados Unidos allí. El mismo título de El descenso al caos fue motivo de críticas y enojo.
A simple vista no se podía quitar la razón a estas voces críticas, en función de cómo evolucionaba la situación. Había que tener en cuenta que la ocupación estadounidense se había producido hacía solo seis años y las condiciones habían cambiado radicalmente en el territorio de Afganistán; se está construyendo un nuevo ejército afgano de abajo hacia arriba; hubo inversiones internacionales a gran escala en educación, salud e infraestructura; se estaban creando puestos de trabajo en unas condiciones desmejora de la economía; y las mujeres estaban fuera de la casa, estudiando o trabajando.
Sin embargo, en el país subyacían unos enormes problemas estructurales que solo se podían ver desde los ojos de una verdadera experiencia a lo largo de las décadas. Había que recordar la vida día a día y conocer profundamente como había evolucionado Afganistán bajo muchos regímenes en los últimos treinta años.
Todo ello sería la puerta al conocimiento que permitía entender las sombrías realidades de un resurgimiento de los talibanes y el fracaso estadounidense para lidiar con él, la compleja geopolítica de la región, el papel de las grandes potencias (Estados Unidos y la OTAN), la corrupción desenfrenada entre la élite afgana, y la amenaza siempre presente del terrorismo internacional.
Por tanto, los indicios sugerían una historia muy diferente y más grave en comparación con lo que entonces era la sabiduría común prevaleciente. En mi caso había cubierto Afganistán desde la invasión soviética en 1979 y viajé tanto con las tropas soviéticas como con los guerrilleros muyahidines afganos, a quienes los servicios de inteligencia estadounidenses recomendaron proporcionar armas y dinero (contra los soviéticos), armas que finalmente terminaron en las manos de los talibanes.
En mi opinión, el punto de inflexión crítico hacia el fracaso, el encendido de una mecha de combustión lenta en Afganistán se produjo en marzo de 2003 cuando las fuerzas estadounidenses invadieron Irak. A pesar de las coincidencias del presidente George W. Bush y el primer ministro británico Tony Blair, Estados Unidos había abandonado cualquier interés estratégico a largo plazo en Afganistán.
A medida que las tropas, la vigilancia satelital, la logística, las fuerzas especiales, la diplomacia regional y la persecución del terrorismo y las supuestas armas de destrucción masiva se trasladaron a Irak, vi señales en todas partes de que el esfuerzo de Estados Unidos en Afganistán estaba condenando al país, al minimizar los recursos, ignorar la infraestructura y las necesidades básicas, y formar un gobierno y un ejército incapaces de gobernar de manera efectiva.
A medida que las tropas estadounidenses se empantanaron en los amargos combates en Irak, los talibanes resurgieron en las mezquitas y madrazas del oeste de Pakistán y el sur de Afganistán. Los líderes que habían sobrevivido a las operaciones estadounidense de 2001 y se habían ocultado, se estaban reconstituyendo dos años después. Estaban armados y supuestamente financiados por la Inteligencia Interservicios (ISI) de Pakistán, partidos fundamentalistas islámicos, amigos y aliados en el mundo árabe y cárteles de la droga afganos apoyados por Al Qaeda.
Osama bin Laden permaneció libre y por el momento a salvo a medida que los recursos de la inteligencia estadounidense se desplazaban a Irak. Cuando el enfoque de Estados Unidos volvió a cambiar a Afganistán y las tropas se desplegaron allí al comienzo del primer mandato del presidente Obama, tal vez ya era demasiado tarde.
En los dieciocho años que pasaron entre la primavera de 2003 y agosto de 2021, cuando irrumpieron en Kabul por segunda vez, los talibanes habían esperado pacientemente su momento. Habían reconstruido lentamente sus redes en el campo afgano y en pequeñas ciudades aisladas. En lo que respecta a los Estados Unidos, la desastrosa experiencia destructiva en la región ya le había costado a una fortuna en tiempo, dinero y vidas desperdiciados. Para los talibanes, cada día era un paso más hacia el objetivo de volver al poder.
Finalmente, los presidentes Donald Trump y su sucesor, Joe Biden, demostraron la falta de impulso político hacia la región afgana, al tiempo que consolidaban un mayor interés hacia la zona del Asia-Pacífico. Los estadounidenses habían perdido la paciencia con lo que se denominó la guerra interminable, la más larga en la historia de los Estados Unidos, considerándola imposible de ganar y resentida por el drenaje de los recursos estadounidenses y el golpe devastador que había asestado al prestigio estadounidense.
En febrero de 2020, los talibanes concluyeron un acuerdo con la Administración del presidente Trump en el que los estadounidenses se comprometieron a abandonar Afganistán para el año siguiente. El acuerdo, algunas de cuyas partes permanecieron ocultas al escrutinio público, prestó poca atención al gobierno del presidente Ashraf Ghani, quien se quedaría atrás para recoger los pedazos.
En esencia, los talibanes habían logrado el reconocimiento de las superpotencias del mundo y podían presionarlos para que se fueran, tal como sus antepasados habían hecho con los soviéticos cuatro décadas antes.
El acuerdo de febrero de 2020 no fue un acuerdo de paz, sino un pacto que permitió a las tropas estadounidenses abandonar Afganistán en buen orden, pero que no ofrecía a los afganos ninguna resolución política a su difícil situación. Por el contrario, un efecto de esta forma apresurada en que se implementó el acuerdo fue eliminar las posibilidades de supervivencia tras la retirada para el ejército y el gobierno afganos.
La confianza del pueblo quedó destruida por lo que habían visto y experimentado diariamente bajo la élite afgana que estaba en el poder: la corrupción, el despilfarro, la falta de coordinación en los programas de ayuda y entrega, los miles de millones de dólares que fueron destinados a contratistas privados (muchos de ellos afganos) y que se desviaron para pagar a los talibanes. Todos los afganos de influencia estaban en la nómina de alguna de las élites y la guerra se había convertido en una máquina de hacer dinero.
El descenso al caos y la caída de Kabul
Las estadísticas de la prolongada estancia de Estados Unidos en Afganistán contaron su propia historia. Cuando Estados Unidos comenzó a abandonar Kabul en agosto de 2021, 2.444 militares estadounidenses habían muerto y más de 20.000 resultaron heridos, según el inspector general especial de Estados Unidos para la Reconstrucción de Afganistán. Los soldados muertos de los países de la OTAN y otros miembros del servicio procedentes de unos cincuenta países totalizaron 1.100, mientras que 444 trabajadores de ayuda humanitaria y 75 periodistas fueron asesinados. Además, el costo de la guerra durante veinte años en Afganistán supuso un gasto de 2,3 billones de dólares.
Si bien esas cifras podrían arrojar un balance del sacrificio norteamericano y aliado a lo largo del tiempo, los datos de las bajas que habían sufrido los afganos eran verdaderamente demoledores. El número estimado de militares y policías nacionales afganos muertos en el conflicto desde 2001 era de 69.000.
Tras la llegada de los talibanes lo especialmente trágico fue ver cómo comenzaba a degradarse el progreso real que se había producido en el país. Según señalaba David Rohde en The New Yorker, se espera que los talibanes reviertan rápidamente cualquier avance que se haya logrado.
Desde 2001, en Afganistán se habían experimentado mejoras dramáticas en la alfabetización y la atención de la salud, y la proporción de niñas que asistían a la escuela había aumentado del doce al cincuenta por ciento. Antes de la caída de Kabul, el parlamento de Afganistán tenía un mayor porcentaje de mujeres que el Congreso de Estados Unidos. Además, una nueva generación de afganos, particularmente en las ciudades del país, había adoptado la tecnología, las redes sociales y la modernidad. Es más que improbable que todos esos logros continúen produciéndose en el trascurso del nuevo régimen.
En julio de 2021, cuando se acercaba la fecha de salida de Estados Unidos, los talibanes lanzaron una ofensiva progresiva que rápidamente se convirtió en una bola de nieve que llevó a la derrota del ejército afgano. Su estrategia fue original, impresionante y decisiva. Habían pasado los meses de invierno de 2020-2021 ganando puestos aislados del ejército y ancianos tribales en aldeas en el norte de Afganistán. A través de una mezcla de coerción, amenazas y sobornos, los talibanes les ofrecieron su libertad si entregaban sus puestos, armas y vehículos. La alternativa era una muerte segura.
Al mismo tiempo, ocuparon las principales carreteras del país, especialmente la carretera de circunvalación que atravesaba Afganistán. Las carreteras fueron la clave para el siguiente paso de capturar los cruces fronterizos que conducían a Irán, Tayikistán, Uzbekistán y, finalmente, Pakistán. Estos pasos aduaneros habían proporcionado enormes ingresos fiscales para el gobierno, que cambiaron a manos de los talibanes. La idea era simplemente aislar Kabul del resto del país y bloquear todo el comercio, el tráfico y las maniobras militares, para que no entraran o salieran de la capital.
Primero conquistaron las principales ciudades de las provincias del norte, pobladas por grupos étnicos minoritarios, que en la década de 1990 habían resistido fuertemente a los talibanes. En una serie de rendiciones negociadas, pasaron rápidamente de capturar pequeñas ciudades antes de pasar a conquistar provincias enteras y sus capitales, donde las unidades del ejército se rindieron sin luchar, siempre temerosas de las represalias de los talibanes. Cada vez cosechaban armas, vehículos blindados, artillería y demás materiales que les permitirían incrementar el volumen de sus operaciones.
La primera capital provincial que capturaron fue Zaranj, en la provincia de Nimruz, en la región suroeste del país, el 6 de agosto. Nueve días después, los talibanes estaban a las puertas de Kabul, después de haber reprimido los únicos combates intensos a los que se enfrentaron, en el sur, donde las unidades del ejército ofrecieron cierta resistencia en Kandahar y Lashkar Gah.
Los activos clave del ejército afgano, fuerzas especiales robustas entrenadas por los estadounidenses y el poder aéreo proporcionado por los estadounidenses, ya no estaban disponibles para cumplir su misión. Los comandos estaban sobrecargados mientras los aviones estadounidenses ya no ayudaban a bombardear los bastiones talibanes, ya que sus bases aéreas en Afganistán fueron abandonadas y tenían que volar largas distancias desde el golfo Arábigo, donde tenían su base, para llegar a Afganistán.
Cada victoria hacía parecer que era inevitable que los talibanes ganaran la guerra, lo que alentó aún más las rendiciones del ejército afgano a medida que avanzaban hacia Kabul, mientras que también atrajo a miles de voluntarios de partidos fundamentalistas paquistaníes que habían apoyado durante mucho tiempo a los talibanes. Las agencias de inteligencia de Pakistán siempre han desempeñado un papel importante en ayudar a los talibanes con recursos, dinero y planificación.
Kabul pronto fue rodeada y el 15 de agosto los talibanes entraron en la ciudad en medio de escenas de pánico y miedo. Decenas de miles de afganos sitiaron el aeropuerto tratando de conseguir un asiento en el puente aéreo que Estados Unidos y otros países habían organizado para sacar del país a sus ciudadanos, trabajadores humanitarios y personal e intérpretes afganos.
La velocidad con la que los talibanes habían capturado el país sorprendió a todos. El ejército afgano y los miles de millones de dólares gastados en él se habían evaporado a medida que los soldados afganos huían a los Estados vecinos o de regreso a sus aldeas.
Los talibanes establecieron rápidamente gobiernos en la sombra en las provincias, vaciaron las cárceles de sus partidarios y luego declararon el paso seguro para los miles de extranjeros que esperaban vuelos para salir del país. Las vidas de los extranjeros y colaboradores afganos que aguardaban en Kabul, incluyendo a los seis mil empleados de la embajada de Estados Unidos, ahora dependían de la buena voluntad de los talibanes.
La retirada occidental de Kabul se comparó con la evacuación de Saigón en 1975, cuando ciudadanos estadounidenses y vietnamitas fueron rescatados desde los tejados por helicópteros del ejército. De hecho, la caída de Kabul 2021 fue en muchos sentidos peor porque el gobierno de los Estados Unidos ya había sido alertado de lo que había que hacer y, sin embargo, los preparativos que hizo fueron mínimos.
El presidente Biden fue recriminado incluso por miembros de su propio partido demócrata, no por ordenar la retirada de las tropas estadounidenses, sino por estar tan mal preparado para las consecuencias. Biden y sus principales asesores militares negaron que hubiera habido advertencias previas o indicadores de que el ejército y el gobierno afganos colapsarían en menos de dos semanas, lo cual es un fracaso casi increíble en la obtención y análisis de inteligencia.
Mientras tanto, el portavoz talibán Zabiullah Mujahid anunció la creación del Emirato Islámico de Afganistán, cambiando así el nombre del país, y ordenó a los edificios gubernamentales que derribaran la bandera afgana y enarbolaran la bandera blanca de los talibanes.
Los afganos ya se habían enfrentado a su propio momento de Saigón cuando los talibanes se apoderaron de Kabul en otra ocasión en el pasado, acontecimientos que presencié veinticinco años antes, en septiembre de 1996. Habían puesto sitio a la ciudad y lanzaron dos ataques fallidos, que fueron rechazados por las fuerzas gubernamentales bajo Ahmad Shah Masud, el famoso comandante tayiko que fue ministro de defensa en el gobierno en gran parte tayiko del presidente Burhanuddin Rabbani. La inteligencia paquistaní aconsejó a los talibanes que intentaran una estrategia diferente, atacando desde el este a lo largo de carreteras que estaban ligeramente vigiladas.
En una ofensiva relámpago, apoyada por cientos de oficiales armados del ISI, viajando armas en mano en camiones japoneses nuevos proporcionados por Arabia Saudita, los talibanes tomaron la ciudad oriental de Jalalabad y luego se dirigieron a Kabul. El pánico se produjo cuando Masud organizó una evacuación nocturna de Kabul, llevándose consigo sus armas pesadas y vehículos mientras se dirigía hacia el norte. Los talibanes llegaron a Kabul al amanecer y fueron directamente a la oficina de las Naciones Unidas donde el ex presidente comunista Mohammed Najibullah había recibido protección de la ONU. Los talibanes lo mataron brutalmente y luego arrastraron su cuerpo por las calles. Osama bin Laden pronto llegó a su puerta en busca de seguridad y un santuario, que el líder talibán Mullah Mohammed Omar proporcionó rápidamente. El gobierno talibán iba a terminar solo después de su derrota a manos de los estadounidenses y las fuerzas de la OTAN después del ataque a Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001.
El nuevo gobierno talibán. Una comparativa con el anterior
En 1993, cuando me reuní por primera vez con el incipiente movimiento talibán en Kandahar, me dijeron que sus únicos objetivos eran poner fin a la guerra civil, desarmar a la población e introducir la sharía, o ley islámica, en todas partes. Dejarían la formación del próximo gobierno a sus mayores. Algunos comandantes talibanes incluso abogaron por el regreso del exrey afgano Zahir Shah, que estaba exiliado en Roma.
Sin embargo, sus líderes enfatizaron la necesidad de gobernar según su interpretación de la sharía y cuando sitiaron Kabul dijeron que conquistarían y gobernarían todo el país, convirtiéndose así en un partido más de señores de la guerra. Esta fue la primera experiencia de Afganistán de la dura realidad del gobierno talibán.
Pasé muchos meses con ellos en la década de 1990. Como los describí en los talibanes, estos primeros militantes eran simplones jóvenes e ignorantes que nunca habían visto una gran ciudad o visto la televisión. Sus líderes les prohibieron escuchar música o hablar con mujeres que no fueran sus hermanas o madres. Pocos fueron educados de alguna manera, excepto memorizando el Corán
Sin embargo, los talibanes que tomaron Kabul en 2021 eran de una generación diferente y eran más maduros que sus predecesores en la década de 1990. Muchos de los comandantes en el campo de batalla se habían convertido en yihadistas globales, influenciados por Al Qaeda y las ideas de Osama bin Laden, otros se habían radicalizado después de haber pasado años en Guantánamo, la cárcel en Cuba construida por los estadounidenses para acomodar a los prisioneros de Al Qaeda. Esta nueva, más antigua y más mundana generación era a la vez más resentida e inteligente, llena de odio hacia Occidente, y practicantes de un sectarismo brutal contra los musulmanes chiítas rivales como los hazaras. Los talibanes que se habían quedado en el exilio en Pakistán ahora estaban mejor educados y eran mucho más conscientes políticamente e instruidos en cuanto a cómo mantenerse en el poder. Los combatientes talibanes que entraron en Kabul en 2021 llevaban listas preparadas de altos ministros, funcionarios, oficiales del ejército y la policía, y periodistas a los que querían arrestar y matar o encarcelar. Fueron llamando de puerta en puerta para encontrarlos, aterrorizando a la población.
En un golpe final al sistema estatal, la declaración del Emirato Islámico de Afganistán puso fin a la existencia de la República Islámica de Afganistán. Este fue un golpe ambicioso, perfectamente planeado y ejecutado.
A modo de conclusiones: por qué se llegó al caos y perspectivas de futuro
Cuando se enfrentaron al caos subsiguiente, el presidente Biden y sus principales asesores militares se negaron a abordar el tema de la preparación. La mala inteligencia se convirtió en su excusa, y comenzó un juego global de culpas entre Washington, Londres y otras capitales europeas, siendo Estados Unidos recriminado por sus errores.
El fracaso de Estados Unidos podría haber sido exacerbado por las brechas de inteligencia, pero en última instancia se debió a los cambios de política a lo largo de los años, desde Bush hasta Obama, Trump y Biden. Washington afirmó querer una conclusión pacífica de la guerra a través de conversaciones y diálogo con los talibanes mientras continuaban la guerra atacándolos con bombardeos.
Las conversaciones habían comenzado ya en 2009 cuando el enviado especial de Estados Unidos, Richard Holbrooke, intentó llevar a los talibanes a la mesa. Muchos en los Estados Unidos reconocieron que una victoria militar no era posible y, en cambio, trabajaron para un estancamiento armado en el que los talibanes verían los beneficios de una solución diplomática.
Una demanda constante de los Estados Unidos y los países de la OTAN era que los talibanes pusieran fin a sus relaciones con grupos radicales extranjeros. Combatientes islámicos militantes de Asia Central, Pakistán, China y Cachemira habían buscado refugio con los talibanes o estaban luchando junto a ellos. Estos militantes, que se contaban por miles, habían participado en el ataque a Kabul y era difícil imaginar que los talibanes los traicionasen ahora.
«Podríamos haber adivinado que fracasaríamos al final», escribió Kathleen Parker en The Washington Post, «porque Afganistán históricamente es donde otras naciones han fracasado. Deberíamos haber pensado que bombardear y matar a miembros de los talibanes no los haría amigables para nosotros o para nuestros principios democráticos».
Se debería haber contado con que un movimiento derrotado militarmente, la primera vez, podría levantarse de nuevo y resurgir en el escenario mundial dos décadas después si esta derrota no había alcanzado a su voluntad de vencer. Ya en la presidencia de Barack Obama, la naturaleza de los talibanes era clara, y no me complace ver cómo mi predicción sobre los resultados de la participación estadounidense en Afganistán ha sucedido tan trágicamente.
El presidente Biden debería haber preparado mejor la retirada estadounidense y la promesa de sacar a esos afganos vulnerables de Kabul mucho antes de la fecha que dio para que las tropas estadounidenses abandonaran Afganistán. Las negociaciones entre los talibanes y los Estados Unidos y la OTAN deberían haber tenido lugar para crear una zona neutral en Kabul y en el aeropuerto para evitar el caos y la violencia que siguieron. Un gran contingente de tropas estadounidenses debería haber permanecido en la ciudad y continuar desplegándose hasta que todos los que necesitaban evacuación abandonaran Kabul.
En cambio, fuimos testigos de la retirada de la mayoría de los 2.500 soldados estadounidenses incluso antes de que los civiles se hubieran ido, lo que llevó a la trágica ironía de que Biden tuviera que enviar de vuelta a Kabul unos 6.000 soldados para proporcionar seguridad a la evacuación. Sobre todo, debería haber habido una planificación y coordinación mucho mejores con los aliados de la OTAN y otros que tenían tropas y embajadas en la ciudad. Los europeos, incluidos aliados incondicionales como los británicos y los alemanes, estaban furiosos y acusaron a Biden de ignorarlos y no consultarlos.
Es probable que la ocupación talibán de Afganistán conduzca a la continuación de los combates entre los talibanes y sus múltiples enemigos en las provincias. Ya muchos afganos están desafiando el gobierno talibán mientras que la élite educada está escapando, creando otra ola de refugiados y privando a Afganistán de sus mejores y más brillantes personalidades que podrían ayudar a reconstruir el país. Me temo que la paz y la seguridad que tanto desean los afganos probablemente vuelvan a resultar ilusorias.
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Puedes consultar el capítulo «El descenso de Afganistán al caos: el retorno de los talibanes», en la web del IEEE aquí, y el la publicación completa aquí

Desde el Observatorio de Asia Central (OAC) de Casa Asia nos hacemos eco del libro Cuadernos de Estrategia 216. Asia Central: de pivote a encrucijada del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE) publicando un capítulo mensual en la web del OAC.
Este mes de marzo de 2023 difundimos el capítulo «El descenso de Afganistán al caos: el retorno de los talibanes», escrito por Ahmed Rashid, escritor y periodista especializado en Afganistán, Pakistán y Asia Central.
Además, el 30 de marzo de 2023 a las 18 h en el Palau Macaya (Barcelona) organizaremos junto con CaixaBank y el IEEE, la mesa redonda Asia Central: de pivote a encrucijada, con motivo de la presentación del libro Cuadernos de Estrategia 216. Asia Central: de pivote a encrucijada. La entrada es libre previa inscripción.
Capítulo octavo. El descenso de Afganistán al caos: el retorno de los talibanes

Introducción
En el mes de agosto de 2021, Kabul cayó, una vez más, ante los talibanes. La vez pasada, en el año 1996, el resultado fue calamitoso, por lo que esta vez se podría repetir un escenario de las mismas características.
Las imágenes de la caótica evacuación del personal estadounidense y europeo de Afganistán llenaron las pantallas de los medios de comunicación de todo el mundo, junto con los inforomes de las terribles condiciones de vida en el país. Esto fue una conmoción, aunque desgraciadamente no se podía considerar una sorpresa ante los ojos de los que comprenden la situación especial de los afganos. Desafortunadamente, mis experiencias durante cuarenta años de cubrir esta región, las guerras en Afganistán y sus insurgentes me han convencido durante mucho tiempo de la inevitabilidad de que nos encontraríamos con un acontecimiento de esta magnitud.
Aunque las causas pueden ser variadas, el fundamentalismo islámico convulsiona la región a través de movimientos sociales que a menudo son más peligrosos y destructivos que los meros actos de terrorismo, hechos que Occidente y los regímenes en los estados musulmanes ignoran obstinadamente.
Antecedentes históricos
Haciendo una visión retrospectiva de los acontecimientos de hace ya más de veinte años, viene a mi memoria mi libro Taliban: Militant Islam, Oil and Fundamentalism in Central Asia, basado en mis informes desde el núcleo de los talibanes. Este apareció en Gran Bretaña en 2000, y luego a mediados del año siguiente en los Estados Unidos, donde no se le prestó una excesiva atención exceptuando los círculos de especialistas en el tema.
Unas semanas después de la fecha de la publicación en los Estados Unidos la realidad sacudió al mundo en toda su contundencia, cuando se produjeron los atentados del 11 de septiembre de 2001.
De repente, todos quisieron saber sobre este relato de la génesis y el ascenso de los militantes fundamentalistas, de los que pocos en América o Europa habían oído hablar hasta sus espectaculares ataques. A modo de ejemplo significativo, cuando el presidente G. W. Bush escuchó por primera vez el nombre de talibanes, pensó que eran un grupo femenino de música pop.
La publicación establecía los cambios que las tribus afganas estaban experimentando en medio de una guerra civil y describía su eventual determinación de gobernar Afganistán, lo que comenzaron a hacer cuando surgieron por primera vez en 1993 y conquistaron Kabul en 1996. Descent into Chaos, publicado en 2008, llevó la historia a través de los eventos posteriores al 9/11 y los ataques de Al Qaeda en Nueva York y Washington, D. C. En esta ocasión había que explicar cómo los talibanes se dispersaron y luego se reagruparon en toda la región después de ser golpeados a fondo por los estadounidenses y sus aliados en la guerra.
En un principio, los talibanes que sobrevivieron a los ataques norteamericanos durante la operación Enduring Freedom huyeron a sus aldeas o a las madrazas en Pakistán. Sus líderes, aún más dispersos, intentaban escapar de la vigilancia y persecución y muchos de ellos acabaron prisioneros de los estadounidenses en las instalaciones de Guantánamo.
A finales de 2002, algunos de los líderes talibanes resurgieron en Karachi e intentaron reagruparse convocando a sus mejores combatientes. A lo largo del referido documento anterior se relató la historia de su reencarnación, y explicó la resistencia de los talibanes cuando aprovecharon la campaña estadounidense en Irak del año 2003.
La decisión de los EE. UU. de intervenir en Irak marcó un antes y un después en la presencia norteamericana y aliada en Afganistán. Este hecho resultó ser una gran distracción para los estadounidenses y un gran beneficio para los talibanes, que notaban el alivio de la presión ejercida contra ellos.
Otro aspecto para tener en cuenta con mayor detalle fue el papel de la inteligencia militar pakistaní en la subvención de la reaparición de los talibanes. Hoy es crucial comprender esta historia si queremos entender completamente la marcha hacia la victoria de los talibanes en Kabul, después de capturar la ciudad en agosto de 2021, abriendo así su segundo mandato tras un paréntesis de más de 20 años.
La evolución de los acontecimientos
Ya en 2007 retomé la investigación de mi nuevo libro, en contra de muchos analistas y colegas, quienes consideraban mis reflexiones como demasiado pesimistas en cuanto al futuro de Afganistán y la presencia militar de Estados Unidos allí. El mismo título de El descenso al caos fue motivo de críticas y enojo.
A simple vista no se podía quitar la razón a estas voces críticas, en función de cómo evolucionaba la situación. Había que tener en cuenta que la ocupación estadounidense se había producido hacía solo seis años y las condiciones habían cambiado radicalmente en el territorio de Afganistán; se está construyendo un nuevo ejército afgano de abajo hacia arriba; hubo inversiones internacionales a gran escala en educación, salud e infraestructura; se estaban creando puestos de trabajo en unas condiciones desmejora de la economía; y las mujeres estaban fuera de la casa, estudiando o trabajando.
Sin embargo, en el país subyacían unos enormes problemas estructurales que solo se podían ver desde los ojos de una verdadera experiencia a lo largo de las décadas. Había que recordar la vida día a día y conocer profundamente como había evolucionado Afganistán bajo muchos regímenes en los últimos treinta años.
Todo ello sería la puerta al conocimiento que permitía entender las sombrías realidades de un resurgimiento de los talibanes y el fracaso estadounidense para lidiar con él, la compleja geopolítica de la región, el papel de las grandes potencias (Estados Unidos y la OTAN), la corrupción desenfrenada entre la élite afgana, y la amenaza siempre presente del terrorismo internacional.
Por tanto, los indicios sugerían una historia muy diferente y más grave en comparación con lo que entonces era la sabiduría común prevaleciente. En mi caso había cubierto Afganistán desde la invasión soviética en 1979 y viajé tanto con las tropas soviéticas como con los guerrilleros muyahidines afganos, a quienes los servicios de inteligencia estadounidenses recomendaron proporcionar armas y dinero (contra los soviéticos), armas que finalmente terminaron en las manos de los talibanes.
En mi opinión, el punto de inflexión crítico hacia el fracaso, el encendido de una mecha de combustión lenta en Afganistán se produjo en marzo de 2003 cuando las fuerzas estadounidenses invadieron Irak. A pesar de las coincidencias del presidente George W. Bush y el primer ministro británico Tony Blair, Estados Unidos había abandonado cualquier interés estratégico a largo plazo en Afganistán.
A medida que las tropas, la vigilancia satelital, la logística, las fuerzas especiales, la diplomacia regional y la persecución del terrorismo y las supuestas armas de destrucción masiva se trasladaron a Irak, vi señales en todas partes de que el esfuerzo de Estados Unidos en Afganistán estaba condenando al país, al minimizar los recursos, ignorar la infraestructura y las necesidades básicas, y formar un gobierno y un ejército incapaces de gobernar de manera efectiva.
A medida que las tropas estadounidenses se empantanaron en los amargos combates en Irak, los talibanes resurgieron en las mezquitas y madrazas del oeste de Pakistán y el sur de Afganistán. Los líderes que habían sobrevivido a las operaciones estadounidense de 2001 y se habían ocultado, se estaban reconstituyendo dos años después. Estaban armados y supuestamente financiados por la Inteligencia Interservicios (ISI) de Pakistán, partidos fundamentalistas islámicos, amigos y aliados en el mundo árabe y cárteles de la droga afganos apoyados por Al Qaeda.
Osama bin Laden permaneció libre y por el momento a salvo a medida que los recursos de la inteligencia estadounidense se desplazaban a Irak. Cuando el enfoque de Estados Unidos volvió a cambiar a Afganistán y las tropas se desplegaron allí al comienzo del primer mandato del presidente Obama, tal vez ya era demasiado tarde.
En los dieciocho años que pasaron entre la primavera de 2003 y agosto de 2021, cuando irrumpieron en Kabul por segunda vez, los talibanes habían esperado pacientemente su momento. Habían reconstruido lentamente sus redes en el campo afgano y en pequeñas ciudades aisladas. En lo que respecta a los Estados Unidos, la desastrosa experiencia destructiva en la región ya le había costado a una fortuna en tiempo, dinero y vidas desperdiciados. Para los talibanes, cada día era un paso más hacia el objetivo de volver al poder.
Finalmente, los presidentes Donald Trump y su sucesor, Joe Biden, demostraron la falta de impulso político hacia la región afgana, al tiempo que consolidaban un mayor interés hacia la zona del Asia-Pacífico. Los estadounidenses habían perdido la paciencia con lo que se denominó la guerra interminable, la más larga en la historia de los Estados Unidos, considerándola imposible de ganar y resentida por el drenaje de los recursos estadounidenses y el golpe devastador que había asestado al prestigio estadounidense.
En febrero de 2020, los talibanes concluyeron un acuerdo con la Administración del presidente Trump en el que los estadounidenses se comprometieron a abandonar Afganistán para el año siguiente. El acuerdo, algunas de cuyas partes permanecieron ocultas al escrutinio público, prestó poca atención al gobierno del presidente Ashraf Ghani, quien se quedaría atrás para recoger los pedazos.
En esencia, los talibanes habían logrado el reconocimiento de las superpotencias del mundo y podían presionarlos para que se fueran, tal como sus antepasados habían hecho con los soviéticos cuatro décadas antes.
El acuerdo de febrero de 2020 no fue un acuerdo de paz, sino un pacto que permitió a las tropas estadounidenses abandonar Afganistán en buen orden, pero que no ofrecía a los afganos ninguna resolución política a su difícil situación. Por el contrario, un efecto de esta forma apresurada en que se implementó el acuerdo fue eliminar las posibilidades de supervivencia tras la retirada para el ejército y el gobierno afganos.
La confianza del pueblo quedó destruida por lo que habían visto y experimentado diariamente bajo la élite afgana que estaba en el poder: la corrupción, el despilfarro, la falta de coordinación en los programas de ayuda y entrega, los miles de millones de dólares que fueron destinados a contratistas privados (muchos de ellos afganos) y que se desviaron para pagar a los talibanes. Todos los afganos de influencia estaban en la nómina de alguna de las élites y la guerra se había convertido en una máquina de hacer dinero.
El descenso al caos y la caída de Kabul
Las estadísticas de la prolongada estancia de Estados Unidos en Afganistán contaron su propia historia. Cuando Estados Unidos comenzó a abandonar Kabul en agosto de 2021, 2.444 militares estadounidenses habían muerto y más de 20.000 resultaron heridos, según el inspector general especial de Estados Unidos para la Reconstrucción de Afganistán. Los soldados muertos de los países de la OTAN y otros miembros del servicio procedentes de unos cincuenta países totalizaron 1.100, mientras que 444 trabajadores de ayuda humanitaria y 75 periodistas fueron asesinados. Además, el costo de la guerra durante veinte años en Afganistán supuso un gasto de 2,3 billones de dólares.
Si bien esas cifras podrían arrojar un balance del sacrificio norteamericano y aliado a lo largo del tiempo, los datos de las bajas que habían sufrido los afganos eran verdaderamente demoledores. El número estimado de militares y policías nacionales afganos muertos en el conflicto desde 2001 era de 69.000.
Tras la llegada de los talibanes lo especialmente trágico fue ver cómo comenzaba a degradarse el progreso real que se había producido en el país. Según señalaba David Rohde en The New Yorker, se espera que los talibanes reviertan rápidamente cualquier avance que se haya logrado.
Desde 2001, en Afganistán se habían experimentado mejoras dramáticas en la alfabetización y la atención de la salud, y la proporción de niñas que asistían a la escuela había aumentado del doce al cincuenta por ciento. Antes de la caída de Kabul, el parlamento de Afganistán tenía un mayor porcentaje de mujeres que el Congreso de Estados Unidos. Además, una nueva generación de afganos, particularmente en las ciudades del país, había adoptado la tecnología, las redes sociales y la modernidad. Es más que improbable que todos esos logros continúen produciéndose en el trascurso del nuevo régimen.
En julio de 2021, cuando se acercaba la fecha de salida de Estados Unidos, los talibanes lanzaron una ofensiva progresiva que rápidamente se convirtió en una bola de nieve que llevó a la derrota del ejército afgano. Su estrategia fue original, impresionante y decisiva. Habían pasado los meses de invierno de 2020-2021 ganando puestos aislados del ejército y ancianos tribales en aldeas en el norte de Afganistán. A través de una mezcla de coerción, amenazas y sobornos, los talibanes les ofrecieron su libertad si entregaban sus puestos, armas y vehículos. La alternativa era una muerte segura.
Al mismo tiempo, ocuparon las principales carreteras del país, especialmente la carretera de circunvalación que atravesaba Afganistán. Las carreteras fueron la clave para el siguiente paso de capturar los cruces fronterizos que conducían a Irán, Tayikistán, Uzbekistán y, finalmente, Pakistán. Estos pasos aduaneros habían proporcionado enormes ingresos fiscales para el gobierno, que cambiaron a manos de los talibanes. La idea era simplemente aislar Kabul del resto del país y bloquear todo el comercio, el tráfico y las maniobras militares, para que no entraran o salieran de la capital.
Primero conquistaron las principales ciudades de las provincias del norte, pobladas por grupos étnicos minoritarios, que en la década de 1990 habían resistido fuertemente a los talibanes. En una serie de rendiciones negociadas, pasaron rápidamente de capturar pequeñas ciudades antes de pasar a conquistar provincias enteras y sus capitales, donde las unidades del ejército se rindieron sin luchar, siempre temerosas de las represalias de los talibanes. Cada vez cosechaban armas, vehículos blindados, artillería y demás materiales que les permitirían incrementar el volumen de sus operaciones.
La primera capital provincial que capturaron fue Zaranj, en la provincia de Nimruz, en la región suroeste del país, el 6 de agosto. Nueve días después, los talibanes estaban a las puertas de Kabul, después de haber reprimido los únicos combates intensos a los que se enfrentaron, en el sur, donde las unidades del ejército ofrecieron cierta resistencia en Kandahar y Lashkar Gah.
Los activos clave del ejército afgano, fuerzas especiales robustas entrenadas por los estadounidenses y el poder aéreo proporcionado por los estadounidenses, ya no estaban disponibles para cumplir su misión. Los comandos estaban sobrecargados mientras los aviones estadounidenses ya no ayudaban a bombardear los bastiones talibanes, ya que sus bases aéreas en Afganistán fueron abandonadas y tenían que volar largas distancias desde el golfo Arábigo, donde tenían su base, para llegar a Afganistán.
Cada victoria hacía parecer que era inevitable que los talibanes ganaran la guerra, lo que alentó aún más las rendiciones del ejército afgano a medida que avanzaban hacia Kabul, mientras que también atrajo a miles de voluntarios de partidos fundamentalistas paquistaníes que habían apoyado durante mucho tiempo a los talibanes. Las agencias de inteligencia de Pakistán siempre han desempeñado un papel importante en ayudar a los talibanes con recursos, dinero y planificación.
Kabul pronto fue rodeada y el 15 de agosto los talibanes entraron en la ciudad en medio de escenas de pánico y miedo. Decenas de miles de afganos sitiaron el aeropuerto tratando de conseguir un asiento en el puente aéreo que Estados Unidos y otros países habían organizado para sacar del país a sus ciudadanos, trabajadores humanitarios y personal e intérpretes afganos.
La velocidad con la que los talibanes habían capturado el país sorprendió a todos. El ejército afgano y los miles de millones de dólares gastados en él se habían evaporado a medida que los soldados afganos huían a los Estados vecinos o de regreso a sus aldeas.
Los talibanes establecieron rápidamente gobiernos en la sombra en las provincias, vaciaron las cárceles de sus partidarios y luego declararon el paso seguro para los miles de extranjeros que esperaban vuelos para salir del país. Las vidas de los extranjeros y colaboradores afganos que aguardaban en Kabul, incluyendo a los seis mil empleados de la embajada de Estados Unidos, ahora dependían de la buena voluntad de los talibanes.
La retirada occidental de Kabul se comparó con la evacuación de Saigón en 1975, cuando ciudadanos estadounidenses y vietnamitas fueron rescatados desde los tejados por helicópteros del ejército. De hecho, la caída de Kabul 2021 fue en muchos sentidos peor porque el gobierno de los Estados Unidos ya había sido alertado de lo que había que hacer y, sin embargo, los preparativos que hizo fueron mínimos.
El presidente Biden fue recriminado incluso por miembros de su propio partido demócrata, no por ordenar la retirada de las tropas estadounidenses, sino por estar tan mal preparado para las consecuencias. Biden y sus principales asesores militares negaron que hubiera habido advertencias previas o indicadores de que el ejército y el gobierno afganos colapsarían en menos de dos semanas, lo cual es un fracaso casi increíble en la obtención y análisis de inteligencia.
Mientras tanto, el portavoz talibán Zabiullah Mujahid anunció la creación del Emirato Islámico de Afganistán, cambiando así el nombre del país, y ordenó a los edificios gubernamentales que derribaran la bandera afgana y enarbolaran la bandera blanca de los talibanes.
Los afganos ya se habían enfrentado a su propio momento de Saigón cuando los talibanes se apoderaron de Kabul en otra ocasión en el pasado, acontecimientos que presencié veinticinco años antes, en septiembre de 1996. Habían puesto sitio a la ciudad y lanzaron dos ataques fallidos, que fueron rechazados por las fuerzas gubernamentales bajo Ahmad Shah Masud, el famoso comandante tayiko que fue ministro de defensa en el gobierno en gran parte tayiko del presidente Burhanuddin Rabbani. La inteligencia paquistaní aconsejó a los talibanes que intentaran una estrategia diferente, atacando desde el este a lo largo de carreteras que estaban ligeramente vigiladas.
En una ofensiva relámpago, apoyada por cientos de oficiales armados del ISI, viajando armas en mano en camiones japoneses nuevos proporcionados por Arabia Saudita, los talibanes tomaron la ciudad oriental de Jalalabad y luego se dirigieron a Kabul. El pánico se produjo cuando Masud organizó una evacuación nocturna de Kabul, llevándose consigo sus armas pesadas y vehículos mientras se dirigía hacia el norte. Los talibanes llegaron a Kabul al amanecer y fueron directamente a la oficina de las Naciones Unidas donde el ex presidente comunista Mohammed Najibullah había recibido protección de la ONU. Los talibanes lo mataron brutalmente y luego arrastraron su cuerpo por las calles. Osama bin Laden pronto llegó a su puerta en busca de seguridad y un santuario, que el líder talibán Mullah Mohammed Omar proporcionó rápidamente. El gobierno talibán iba a terminar solo después de su derrota a manos de los estadounidenses y las fuerzas de la OTAN después del ataque a Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001.
El nuevo gobierno talibán. Una comparativa con el anterior
En 1993, cuando me reuní por primera vez con el incipiente movimiento talibán en Kandahar, me dijeron que sus únicos objetivos eran poner fin a la guerra civil, desarmar a la población e introducir la sharía, o ley islámica, en todas partes. Dejarían la formación del próximo gobierno a sus mayores. Algunos comandantes talibanes incluso abogaron por el regreso del exrey afgano Zahir Shah, que estaba exiliado en Roma.
Sin embargo, sus líderes enfatizaron la necesidad de gobernar según su interpretación de la sharía y cuando sitiaron Kabul dijeron que conquistarían y gobernarían todo el país, convirtiéndose así en un partido más de señores de la guerra. Esta fue la primera experiencia de Afganistán de la dura realidad del gobierno talibán.
Pasé muchos meses con ellos en la década de 1990. Como los describí en los talibanes, estos primeros militantes eran simplones jóvenes e ignorantes que nunca habían visto una gran ciudad o visto la televisión. Sus líderes les prohibieron escuchar música o hablar con mujeres que no fueran sus hermanas o madres. Pocos fueron educados de alguna manera, excepto memorizando el Corán
Sin embargo, los talibanes que tomaron Kabul en 2021 eran de una generación diferente y eran más maduros que sus predecesores en la década de 1990. Muchos de los comandantes en el campo de batalla se habían convertido en yihadistas globales, influenciados por Al Qaeda y las ideas de Osama bin Laden, otros se habían radicalizado después de haber pasado años en Guantánamo, la cárcel en Cuba construida por los estadounidenses para acomodar a los prisioneros de Al Qaeda. Esta nueva, más antigua y más mundana generación era a la vez más resentida e inteligente, llena de odio hacia Occidente, y practicantes de un sectarismo brutal contra los musulmanes chiítas rivales como los hazaras. Los talibanes que se habían quedado en el exilio en Pakistán ahora estaban mejor educados y eran mucho más conscientes políticamente e instruidos en cuanto a cómo mantenerse en el poder. Los combatientes talibanes que entraron en Kabul en 2021 llevaban listas preparadas de altos ministros, funcionarios, oficiales del ejército y la policía, y periodistas a los que querían arrestar y matar o encarcelar. Fueron llamando de puerta en puerta para encontrarlos, aterrorizando a la población.
En un golpe final al sistema estatal, la declaración del Emirato Islámico de Afganistán puso fin a la existencia de la República Islámica de Afganistán. Este fue un golpe ambicioso, perfectamente planeado y ejecutado.
A modo de conclusiones: por qué se llegó al caos y perspectivas de futuro
Cuando se enfrentaron al caos subsiguiente, el presidente Biden y sus principales asesores militares se negaron a abordar el tema de la preparación. La mala inteligencia se convirtió en su excusa, y comenzó un juego global de culpas entre Washington, Londres y otras capitales europeas, siendo Estados Unidos recriminado por sus errores.
El fracaso de Estados Unidos podría haber sido exacerbado por las brechas de inteligencia, pero en última instancia se debió a los cambios de política a lo largo de los años, desde Bush hasta Obama, Trump y Biden. Washington afirmó querer una conclusión pacífica de la guerra a través de conversaciones y diálogo con los talibanes mientras continuaban la guerra atacándolos con bombardeos.
Las conversaciones habían comenzado ya en 2009 cuando el enviado especial de Estados Unidos, Richard Holbrooke, intentó llevar a los talibanes a la mesa. Muchos en los Estados Unidos reconocieron que una victoria militar no era posible y, en cambio, trabajaron para un estancamiento armado en el que los talibanes verían los beneficios de una solución diplomática.
Una demanda constante de los Estados Unidos y los países de la OTAN era que los talibanes pusieran fin a sus relaciones con grupos radicales extranjeros. Combatientes islámicos militantes de Asia Central, Pakistán, China y Cachemira habían buscado refugio con los talibanes o estaban luchando junto a ellos. Estos militantes, que se contaban por miles, habían participado en el ataque a Kabul y era difícil imaginar que los talibanes los traicionasen ahora.
«Podríamos haber adivinado que fracasaríamos al final», escribió Kathleen Parker en The Washington Post, «porque Afganistán históricamente es donde otras naciones han fracasado. Deberíamos haber pensado que bombardear y matar a miembros de los talibanes no los haría amigables para nosotros o para nuestros principios democráticos».
Se debería haber contado con que un movimiento derrotado militarmente, la primera vez, podría levantarse de nuevo y resurgir en el escenario mundial dos décadas después si esta derrota no había alcanzado a su voluntad de vencer. Ya en la presidencia de Barack Obama, la naturaleza de los talibanes era clara, y no me complace ver cómo mi predicción sobre los resultados de la participación estadounidense en Afganistán ha sucedido tan trágicamente.
El presidente Biden debería haber preparado mejor la retirada estadounidense y la promesa de sacar a esos afganos vulnerables de Kabul mucho antes de la fecha que dio para que las tropas estadounidenses abandonaran Afganistán. Las negociaciones entre los talibanes y los Estados Unidos y la OTAN deberían haber tenido lugar para crear una zona neutral en Kabul y en el aeropuerto para evitar el caos y la violencia que siguieron. Un gran contingente de tropas estadounidenses debería haber permanecido en la ciudad y continuar desplegándose hasta que todos los que necesitaban evacuación abandonaran Kabul.
En cambio, fuimos testigos de la retirada de la mayoría de los 2.500 soldados estadounidenses incluso antes de que los civiles se hubieran ido, lo que llevó a la trágica ironía de que Biden tuviera que enviar de vuelta a Kabul unos 6.000 soldados para proporcionar seguridad a la evacuación. Sobre todo, debería haber habido una planificación y coordinación mucho mejores con los aliados de la OTAN y otros que tenían tropas y embajadas en la ciudad. Los europeos, incluidos aliados incondicionales como los británicos y los alemanes, estaban furiosos y acusaron a Biden de ignorarlos y no consultarlos.
Es probable que la ocupación talibán de Afganistán conduzca a la continuación de los combates entre los talibanes y sus múltiples enemigos en las provincias. Ya muchos afganos están desafiando el gobierno talibán mientras que la élite educada está escapando, creando otra ola de refugiados y privando a Afganistán de sus mejores y más brillantes personalidades que podrían ayudar a reconstruir el país. Me temo que la paz y la seguridad que tanto desean los afganos probablemente vuelvan a resultar ilusorias.
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Puedes consultar el capítulo «El descenso de Afganistán al caos: el retorno de los talibanes», en la web del IEEE aquí, y el la publicación completa aquí









