El 15 de agosto de 2021 se produjo la caída de Kabul a mano de los talibanes. Fawzia Koofi, ex parlamentaria, activista afgana exiliada y Premio Casa Asia 2021, analiza para el Observatorio de Asia Central qué se perdió, qué se aprendió y qué hacer ahora tras cuatro años del “colapso” de Kabul.
«¿Cuántas mujeres se han sentado realmente cara a cara con un grupo como los talibanes? ¿O cuántas desearían hacerlo? Bien, pues yo lo hice. Lo hice por mi país, por mis hermanas y por mis hijas.
Las negociaciones entre el gobierno de Afganistán y los talibanes comenzaron el 12 de septiembre de 2020. Las conversaciones se basaron en el Acuerdo de Doha entre Estados Unidos y los talibanes, firmado el 29 de febrero de 2020. Formé parte del equipo de 21 miembros del gobierno de la República, pero en realidad representaba a un grupo más amplio de la sociedad afgana: fui una de las cuatro únicas mujeres entre un total de 42 negociadores de ambos lados. Asegurar una mínima representación femenina requirió años de incansable lucha, movilización y búsqueda de consenso entre los grupos de mujeres, gracias a los medios de comunicación que visibilizaron el problema.
La creencia predominante en Afganistán, que ahora creo que es común en otros contextos, es que las negociaciones de paz son competencia de los hombres, ya que se considera que son quienes libran la guerra. Sin embargo, esta perspectiva ignora una dura realidad: las mujeres no sólo se ven profundamente afectadas por el conflicto, sino que también son las principales víctimas. Desde el desplazamiento hasta el uso de la violencia sexual como arma de guerra, pasando por la pérdida de seres queridos y de oportunidades. Las mujeres en zonas de conflicto, especialmente las mujeres de Afganistán, sufren las consecuencias de la violencia tanto en el campo de batalla como fuera de él.
Cuando las conversaciones de paz comenzaron, había un tenue clima de esperanza en todo el país. La gente se reunía alrededor de sus televisores para ver la ceremonia de apertura en vivo, creyendo, quizás incluso atreviéndose a creer, que este podría ser el comienzo de algo mejor.
Después de décadas de guerra, pensábamos que tal vez, sólo tal vez, finalmente podríamos dialogar para alcanzar la paz en lugar de luchar por ella. Una paz positiva con justicia y dignidad. Pero la delegación talibán que encontramos en la mesa no parecía un grupo predispuesto a la reconciliación. Estaban distantes, incluso cuando nos cruzábamos en el Hotel Sharq en Doha, evitaban el contacto visual, especialmente con las mujeres, a diferencia de los diálogos de Moscú de 2019, donde eran flexibles y pretendían haber cambiado: así fue como se promovieron, “los talibanes 2.0”. Pero aquí en Doha hablaban con cuidado, a menudo de manera vaga, y evitaban establecer plazos claros. Estar en Doha parecía fácil para ellos. Después de todo, tenían allí su oficina política desde 2011. Les era terreno conocido.
En cambio, para nosotros, el equipo de la República, Doha no era como estar en casa. Estábamos lejos de nuestras familias, lejos de Afganistán. Sentíamos que estábamos en una misión llevando el peso de las esperanzas de nuestro pueblo con nosotros, especialmente las de las mujeres, las que más tenían que perder. Y luego, antes incluso de que las negociaciones hicieran un progreso real, empezaron a desmoronarse. Los talibanes habían prometido a los EE. UU. que no atacarían las ciudades, pero lo hicieron. En la provincia de Helmand y en el norte, lanzaron ofensivas, rompiendo el acuerdo casi de inmediato. Verlos hablar de paz en Doha mientras intensificaban los combates en las provincias fue como un puñetazo en el estómago.
Para construir confianza, el primer punto tratado durante la negociación fue el reglamento de procedimiento propuesto por el equipo de la República. Se debatió si las negociaciones debían continuar basándose en el Acuerdo de Doha o en la Constitución afgana. Los talibanes insistieron en referirse al Acuerdo de Doha como base para la negociación.
Creíamos que la Constitución adoptada por el pueblo debía guiar el espíritu de las negociaciones. Tras dos meses de estancamiento, llegamos a un acuerdo, se incluirían los tres: el Acuerdo de Doha, la Constitución y la voluntad de nuestro pueblo.
Las negociaciones fueron lentas y se retrasaron aún más debido a las elecciones estadounidenses. A principios de 2021, las conversaciones se reanudaron y marzo resultó ser un mes relativamente productivo.
Por fin estábamos debatiendo cuestiones fundamentales y sustantivas: cómo proteger a las fuerzas de seguridad, cómo introducir reformas institucionales y cómo podría ser un futuro gobierno islámico. Había ambigüedad y falta de claridad por ambas partes en cuanto a la definición de la futura estructura política, y los talibanes seguían siendo cada vez más imprecisos, negándose a definir con claridad su visión de un gobierno islámico como estructura futura para el acuerdo político posterior.
El enviado estadounidense en Afganistán, que creía conocer el camino a seguir en el proceso, anunció la celebración de una conferencia de paz de alto nivel en Estambul entre los principales líderes de ambas partes para acordar los detalles, incluida la forma de un acuerdo político. Sin saber que sólo contribuiría a aumentar el caos, esa fue su propuesta para llevar las negociaciones al siguiente nivel. El anuncio se produjo de forma inesperada, sin la debida coordinación con todas las partes implicadas. La implicación de la población en los procesos de paz o en cualquier otro proceso es clave para su éxito y sostenibilidad.
Todavía estábamos decidiendo si asistir y cómo encajaría esa nueva conferencia de Estambul en las conversaciones que ya se estaban celebrando en Doha, cuando Estados Unidos hizo un anuncio repentino el 13 de abril de 2021: la retirada total e incondicional de sus tropas de Afganistán. La decisión supuso un duro golpe. Destrozó la moral y envió un mensaje claro a los talibanes de que habían ganado. Envalentonados, intensificaron rápidamente su campaña militar, avanzando con renovada confianza y fuerza.
Los distritos comenzaron a caer. Nuestras fuerzas de seguridad, profundamente dependientes del apoyo estadounidense, estaban desmoralizadas y desprevenidas, mientras que el liderazgo en Kabul estaba desorganizado y desconectado de las bases.
Cuando las fuerzas estadounidenses evacuaron la base aérea de Bagram el 4 de julio, muchos soldados y miembros de las fuerzas de seguridad de mi provincia, Badakhshan, fronteriza con Tayikistán, huyeron del país y se dirigieron a Tayikistán. Esto demostró el nivel de dependencia que se creó entre nuestras fuerzas de seguridad y la seguridad internacional. No dudo ni por un instante del compromiso de nuestras fuerzas con su país, pero el liderazgo marca la diferencia. En ese momento, Afganistán necesitaba un líder que uniera a la nación, brindara visión y un camino a nuestras fuerzas, y les asegurara que podríamos mantenernos firmes y con la frente en alto incluso si las fuerzas internacionales se retiraban, ya que contábamos con el apoyo del pueblo.
A pesar de los esfuerzos por impulsar un gobierno de transición, el 15 de agosto de 2021, el presidente Ghani huyó y los talibanes entraron en Kabul. Se desató el caos. La gente llenó las calles intentando huir. Me quedé en casa preocupada por mi familia y otras mujeres líderes. Los oficiales talibanes afirmaron que no tenían intención de entrar en Kabul todavía, pero la realidad había superado cualquier plan.
Esa noche, nuestra bandera tricolor fue sustituida por la de los talibanes. Mis hijas lloraron. Creo que todo el mundo estaba desesperado, las montañas, los seres humanos, el cielo, los pájaros, todos y todo estaba en estado de shock.
Poco después, me pusieron bajo arresto domiciliario.
Desde su regreso al poder, los talibanes han cometido abusos generalizados contra los derechos humanos en todo Afganistán, abusos dirigidos contra las mujeres, los grupos étnicos, los periodistas y los antiguos funcionarios del Gobierno. Uno de sus primeros edictos, promulgado el 17 de septiembre de 2021, prohibía a las niñas asistir a la educación secundaria y superior. A esto le siguieron restricciones generalizadas que impedían a las mujeres trabajar en ONG, las Naciones Unidas y oficinas gubernamentales. En efecto, las mujeres han sido eliminadas de todos los aspectos de la vida pública. Siguieron aplicándose normas estrictas que controlaban su libertad de movimiento, su vestimenta y su presencia en los espacios públicos. Las personas con las que he trabajado estrechamente y que protestaron valientemente en Kabul y otras ciudades fueron golpeadas, detenidas y, en algunos casos, desaparecidas forzadas simplemente por exigir sus derechos.
Los talibanes también reanudaron una campaña de venganza, llevando a cabo ejecuciones sumarias y desapariciones forzadas de antiguos miembros del personal de seguridad y empleados del Gobierno, incluidos algunos recientemente deportados de Pakistán e Irán, a pesar de sus repetidas promesas de una amnistía general.
En agosto de 2024, se introdujo una nueva ley bajo el Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, que muchos consideraron como el golpe definitivo a los derechos de las mujeres, seguido de otro edicto verbal de su líder en diciembre de 2024 que prohibía a las mujeres y niñas cursar estudios de medicina, truncando así sus sueños de convertirse en médicas y comadronas, y poniendo aún más en peligro el acceso a la atención sanitaria para las mujeres y sus familias.
Las flagelaciones y ejecuciones públicas han vuelto a los estadios y plazas, recordándonos de forma inquietante el brutal régimen talibán de la década de 1990.
Para muchos de nosotros en Afganistán y en el exilio, especialmente para las mujeres, parece que la historia se repite y que el mundo observa en silencio.
En estos últimos cuatro años me he dado cuenta de que el mundo tiene muy poco interés en el proceso político o el progreso. Por contra, recalcan la abominable crisis económica para centrarse en la ayuda humanitaria. Creo que es una forma rápida y facil de calmar su propia conciencia. Día a día, la represión de los talibanes sobre las mujeres va en aumento. La población de Afganistán protesta y se resiste a ello. Una protesta masiva de hombres y mujeres en Kabul fue detenida, atacada y reprimida. Durante los dos primeros meses, los miembros de mi partido pudieron celebrar ruedas de prensa para manifestar su protesta en pequeñas manifestaciones frente a nuestra oficina. Durante una de las ruedas de prensa, en presencia de periodistas internacionales, soldados talibanes entraron en nuestra oficina, golpearon a los miembros masculinos del personal, maltrataron y encerraron a las trabajadoras en una habitación. Aunque ninguno de los miembros del personal fue detenido, fueron amenazados y advertidos. Tras este incidente, dejé de animar a las mujeres a protestar. Como era de esperar, cada vez es más difícil alzar la voz de la disidencia. Se interrumpen las reuniones, se interrumpen las ruedas de prensa y ahora han empezado a arrestar a mujeres en grupos grandes acusándolas de llevar un hiyab inadecuado según la definición de los talibanes.
Mientras la comunidad internacional no es capaz de decidir qué hacer, mi demanda desde el primer día ha sido la misma y la he expresado con insistencia. Presionar a los talibanes para que acepten un diálogo político. El mundo nunca ha presionado a los talibanes. La OTAN y Estados Unidos lucharon contra los talibanes durante 20 años para salvar al mundo de la llamada organización terrorista. Desde esa posición de lucha, el mundo ha pasado al otro extremo. Aceptaron a los talibanes como una organización legítima, firmaron el acuerdo de Doha con ellos sin que los talibanes hicieran ninguna concesión ni aceptaran ninguna condición. Nunca hubo una presión política significativa sobre los talibanes. Mi énfasis está en que la comunidad internacional persuada y obligue a los talibanes, de modo que no tengan más remedio que comprometerse con el resto de la sociedad en Afganistán.
Sin embargo, los países de la región han adoptado un enfoque diferente en su compromiso con los talibanes. Las naciones de Asia Central, principalmente Uzbekistán, Kazajistán, Kirguistán, Turkmenistán y Azerbaiyán, se han comprometido con el régimen de forma incondicional, con el pretexto de la seguridad y los lazos económicos. Rusia se convirtió en el primer país en reconocer al Talibán como gobierno el 12 de junio de 2025. Mientras tanto, el Norte global aún no ha definido una política clara más allá de la ayuda humanitaria para Afganistán.
Ahora es el momento de reactivar el diálogo político liderado por las mujeres. Sí, los líderes del pasado cometieron errores. Pero eso no significa que debamos renunciar por completo a la política. Los políticos deben volver a liderar, porque el cambio es posible, tanto desde dentro como en toda la región. Debemos reconstruir la confianza y encontrar un camino a seguir, o las consecuencias serán duraderas. Los derechos de las mujeres, como todos los derechos, deben estar en el centro de una solución política más amplia, y no utilizarse como moneda de cambio.
El diálogo político es crucial. Ahora estamos en proceso de movilizarnos o remobilizarnos como políticos para recuperar nuestro discurso. En este contexto, lo que pedimos a las naciones amantes de la libertad del mundo es lo siguiente:
Garantizar que los autores de violaciones de los derechos de las mujeres sean llevados ante la justicia.
El 28 de noviembre de 2024, España, junto con Chile, Costa Rica, Francia, Luxemburgo y México, remitió formalmente la situación en Afganistán a la Corte Penal Internacional (CPI) en virtud del artículo 14 del Estatuto de Roma. La remisión solicitaba al Fiscal de la CPI que investigara los crímenes generalizados y sistemáticos cometidos contra las mujeres y las niñas en Afganistán desde el regreso al poder de los talibanes.
España desempeñó un papel clave en esta acción coordinada que envió un poderoso mensaje no solo a las mujeres de Afganistán, sino a la comunidad internacional en general, de que la rendición de cuentas sigue siendo posible y que aquellas a quienes se ha silenciado no serán olvidadas.
Esta iniciativa colectiva dio un nuevo impulso a la investigación en curso de la CPI sobre la situación en Afganistán, que ya se había reanudado en 2022 tras años de estancamiento. La remisión volvió a centrar la atención en la persecución por motivos de género, un aspecto fundamental del régimen de control talibán.
El 15 de julio, la Corte Penal Internacional (CPI) emitió órdenes de arresto contra dos altos mandos talibanes. Para muchos que están familiarizados con el funcionamiento de las instituciones internacionales, estas medidas pueden parecer simbólicas o meramente ceremoniales. Pero para nosotros, son motivo de esperanza. Esperanza para millones de mujeres y hombres en Afganistán, tanto dentro del país como en el exilio. Esa esperanza reside en la creencia de que el mundo no nos ha olvidado. Aunque el impacto legal sea limitado, el impacto político puede ser algo a tener en cuenta, ya que crea división entre las filas talibanes. Y eso es exactamente lo que queremos. Su unidad ha sido su fuerza. Un talibán debilitado y dividido podría abrir la puerta al diálogo y a un posible acuerdo político.
Si los talibanes siguen gobernando Afganistán como lo hacen ahora, mi mayor temor es que la gente, especialmente la generación más joven, comience a perder la fe en los valores democráticos. Si nosotros, las fuerzas políticas reformadas y transformadas, no actuamos rápidamente para restaurar el orden constitucional y lograr un cambio real, el vacío será llenado por la radicalización. Los talibanes ya han establecido miles de madrasas en todo el país. Si no respondemos, no sólo estará en juego el futuro de Afganistán, sino también el de la región y, tal vez, incluso el del mundo.
Fawzia Koofi, exparlamentaria y activista afgana. 15 de agosto de 2025
El 15 de agosto de 2021 se produjo la caída de Kabul a mano de los talibanes. Fawzia Koofi, ex parlamentaria, activista afgana exiliada y Premio Casa Asia 2021, analiza para el Observatorio de Asia Central qué se perdió, qué se aprendió y qué hacer ahora tras cuatro años del “colapso” de Kabul.
«¿Cuántas mujeres se han sentado realmente cara a cara con un grupo como los talibanes? ¿O cuántas desearían hacerlo? Bien, pues yo lo hice. Lo hice por mi país, por mis hermanas y por mis hijas.
Las negociaciones entre el gobierno de Afganistán y los talibanes comenzaron el 12 de septiembre de 2020. Las conversaciones se basaron en el Acuerdo de Doha entre Estados Unidos y los talibanes, firmado el 29 de febrero de 2020. Formé parte del equipo de 21 miembros del gobierno de la República, pero en realidad representaba a un grupo más amplio de la sociedad afgana: fui una de las cuatro únicas mujeres entre un total de 42 negociadores de ambos lados. Asegurar una mínima representación femenina requirió años de incansable lucha, movilización y búsqueda de consenso entre los grupos de mujeres, gracias a los medios de comunicación que visibilizaron el problema.
La creencia predominante en Afganistán, que ahora creo que es común en otros contextos, es que las negociaciones de paz son competencia de los hombres, ya que se considera que son quienes libran la guerra. Sin embargo, esta perspectiva ignora una dura realidad: las mujeres no sólo se ven profundamente afectadas por el conflicto, sino que también son las principales víctimas. Desde el desplazamiento hasta el uso de la violencia sexual como arma de guerra, pasando por la pérdida de seres queridos y de oportunidades. Las mujeres en zonas de conflicto, especialmente las mujeres de Afganistán, sufren las consecuencias de la violencia tanto en el campo de batalla como fuera de él.
Cuando las conversaciones de paz comenzaron, había un tenue clima de esperanza en todo el país. La gente se reunía alrededor de sus televisores para ver la ceremonia de apertura en vivo, creyendo, quizás incluso atreviéndose a creer, que este podría ser el comienzo de algo mejor.
Después de décadas de guerra, pensábamos que tal vez, sólo tal vez, finalmente podríamos dialogar para alcanzar la paz en lugar de luchar por ella. Una paz positiva con justicia y dignidad. Pero la delegación talibán que encontramos en la mesa no parecía un grupo predispuesto a la reconciliación. Estaban distantes, incluso cuando nos cruzábamos en el Hotel Sharq en Doha, evitaban el contacto visual, especialmente con las mujeres, a diferencia de los diálogos de Moscú de 2019, donde eran flexibles y pretendían haber cambiado: así fue como se promovieron, “los talibanes 2.0”. Pero aquí en Doha hablaban con cuidado, a menudo de manera vaga, y evitaban establecer plazos claros. Estar en Doha parecía fácil para ellos. Después de todo, tenían allí su oficina política desde 2011. Les era terreno conocido.
En cambio, para nosotros, el equipo de la República, Doha no era como estar en casa. Estábamos lejos de nuestras familias, lejos de Afganistán. Sentíamos que estábamos en una misión llevando el peso de las esperanzas de nuestro pueblo con nosotros, especialmente las de las mujeres, las que más tenían que perder. Y luego, antes incluso de que las negociaciones hicieran un progreso real, empezaron a desmoronarse. Los talibanes habían prometido a los EE. UU. que no atacarían las ciudades, pero lo hicieron. En la provincia de Helmand y en el norte, lanzaron ofensivas, rompiendo el acuerdo casi de inmediato. Verlos hablar de paz en Doha mientras intensificaban los combates en las provincias fue como un puñetazo en el estómago.
Para construir confianza, el primer punto tratado durante la negociación fue el reglamento de procedimiento propuesto por el equipo de la República. Se debatió si las negociaciones debían continuar basándose en el Acuerdo de Doha o en la Constitución afgana. Los talibanes insistieron en referirse al Acuerdo de Doha como base para la negociación.
Creíamos que la Constitución adoptada por el pueblo debía guiar el espíritu de las negociaciones. Tras dos meses de estancamiento, llegamos a un acuerdo, se incluirían los tres: el Acuerdo de Doha, la Constitución y la voluntad de nuestro pueblo.
Las negociaciones fueron lentas y se retrasaron aún más debido a las elecciones estadounidenses. A principios de 2021, las conversaciones se reanudaron y marzo resultó ser un mes relativamente productivo.
Por fin estábamos debatiendo cuestiones fundamentales y sustantivas: cómo proteger a las fuerzas de seguridad, cómo introducir reformas institucionales y cómo podría ser un futuro gobierno islámico. Había ambigüedad y falta de claridad por ambas partes en cuanto a la definición de la futura estructura política, y los talibanes seguían siendo cada vez más imprecisos, negándose a definir con claridad su visión de un gobierno islámico como estructura futura para el acuerdo político posterior.
El enviado estadounidense en Afganistán, que creía conocer el camino a seguir en el proceso, anunció la celebración de una conferencia de paz de alto nivel en Estambul entre los principales líderes de ambas partes para acordar los detalles, incluida la forma de un acuerdo político. Sin saber que sólo contribuiría a aumentar el caos, esa fue su propuesta para llevar las negociaciones al siguiente nivel. El anuncio se produjo de forma inesperada, sin la debida coordinación con todas las partes implicadas. La implicación de la población en los procesos de paz o en cualquier otro proceso es clave para su éxito y sostenibilidad.
Todavía estábamos decidiendo si asistir y cómo encajaría esa nueva conferencia de Estambul en las conversaciones que ya se estaban celebrando en Doha, cuando Estados Unidos hizo un anuncio repentino el 13 de abril de 2021: la retirada total e incondicional de sus tropas de Afganistán. La decisión supuso un duro golpe. Destrozó la moral y envió un mensaje claro a los talibanes de que habían ganado. Envalentonados, intensificaron rápidamente su campaña militar, avanzando con renovada confianza y fuerza.
Los distritos comenzaron a caer. Nuestras fuerzas de seguridad, profundamente dependientes del apoyo estadounidense, estaban desmoralizadas y desprevenidas, mientras que el liderazgo en Kabul estaba desorganizado y desconectado de las bases.
Cuando las fuerzas estadounidenses evacuaron la base aérea de Bagram el 4 de julio, muchos soldados y miembros de las fuerzas de seguridad de mi provincia, Badakhshan, fronteriza con Tayikistán, huyeron del país y se dirigieron a Tayikistán. Esto demostró el nivel de dependencia que se creó entre nuestras fuerzas de seguridad y la seguridad internacional. No dudo ni por un instante del compromiso de nuestras fuerzas con su país, pero el liderazgo marca la diferencia. En ese momento, Afganistán necesitaba un líder que uniera a la nación, brindara visión y un camino a nuestras fuerzas, y les asegurara que podríamos mantenernos firmes y con la frente en alto incluso si las fuerzas internacionales se retiraban, ya que contábamos con el apoyo del pueblo.
A pesar de los esfuerzos por impulsar un gobierno de transición, el 15 de agosto de 2021, el presidente Ghani huyó y los talibanes entraron en Kabul. Se desató el caos. La gente llenó las calles intentando huir. Me quedé en casa preocupada por mi familia y otras mujeres líderes. Los oficiales talibanes afirmaron que no tenían intención de entrar en Kabul todavía, pero la realidad había superado cualquier plan.
Esa noche, nuestra bandera tricolor fue sustituida por la de los talibanes. Mis hijas lloraron. Creo que todo el mundo estaba desesperado, las montañas, los seres humanos, el cielo, los pájaros, todos y todo estaba en estado de shock.
Poco después, me pusieron bajo arresto domiciliario.
Desde su regreso al poder, los talibanes han cometido abusos generalizados contra los derechos humanos en todo Afganistán, abusos dirigidos contra las mujeres, los grupos étnicos, los periodistas y los antiguos funcionarios del Gobierno. Uno de sus primeros edictos, promulgado el 17 de septiembre de 2021, prohibía a las niñas asistir a la educación secundaria y superior. A esto le siguieron restricciones generalizadas que impedían a las mujeres trabajar en ONG, las Naciones Unidas y oficinas gubernamentales. En efecto, las mujeres han sido eliminadas de todos los aspectos de la vida pública. Siguieron aplicándose normas estrictas que controlaban su libertad de movimiento, su vestimenta y su presencia en los espacios públicos. Las personas con las que he trabajado estrechamente y que protestaron valientemente en Kabul y otras ciudades fueron golpeadas, detenidas y, en algunos casos, desaparecidas forzadas simplemente por exigir sus derechos.
Los talibanes también reanudaron una campaña de venganza, llevando a cabo ejecuciones sumarias y desapariciones forzadas de antiguos miembros del personal de seguridad y empleados del Gobierno, incluidos algunos recientemente deportados de Pakistán e Irán, a pesar de sus repetidas promesas de una amnistía general.
En agosto de 2024, se introdujo una nueva ley bajo el Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, que muchos consideraron como el golpe definitivo a los derechos de las mujeres, seguido de otro edicto verbal de su líder en diciembre de 2024 que prohibía a las mujeres y niñas cursar estudios de medicina, truncando así sus sueños de convertirse en médicas y comadronas, y poniendo aún más en peligro el acceso a la atención sanitaria para las mujeres y sus familias.
Las flagelaciones y ejecuciones públicas han vuelto a los estadios y plazas, recordándonos de forma inquietante el brutal régimen talibán de la década de 1990.
Para muchos de nosotros en Afganistán y en el exilio, especialmente para las mujeres, parece que la historia se repite y que el mundo observa en silencio.
En estos últimos cuatro años me he dado cuenta de que el mundo tiene muy poco interés en el proceso político o el progreso. Por contra, recalcan la abominable crisis económica para centrarse en la ayuda humanitaria. Creo que es una forma rápida y facil de calmar su propia conciencia. Día a día, la represión de los talibanes sobre las mujeres va en aumento. La población de Afganistán protesta y se resiste a ello. Una protesta masiva de hombres y mujeres en Kabul fue detenida, atacada y reprimida. Durante los dos primeros meses, los miembros de mi partido pudieron celebrar ruedas de prensa para manifestar su protesta en pequeñas manifestaciones frente a nuestra oficina. Durante una de las ruedas de prensa, en presencia de periodistas internacionales, soldados talibanes entraron en nuestra oficina, golpearon a los miembros masculinos del personal, maltrataron y encerraron a las trabajadoras en una habitación. Aunque ninguno de los miembros del personal fue detenido, fueron amenazados y advertidos. Tras este incidente, dejé de animar a las mujeres a protestar. Como era de esperar, cada vez es más difícil alzar la voz de la disidencia. Se interrumpen las reuniones, se interrumpen las ruedas de prensa y ahora han empezado a arrestar a mujeres en grupos grandes acusándolas de llevar un hiyab inadecuado según la definición de los talibanes.
Mientras la comunidad internacional no es capaz de decidir qué hacer, mi demanda desde el primer día ha sido la misma y la he expresado con insistencia. Presionar a los talibanes para que acepten un diálogo político. El mundo nunca ha presionado a los talibanes. La OTAN y Estados Unidos lucharon contra los talibanes durante 20 años para salvar al mundo de la llamada organización terrorista. Desde esa posición de lucha, el mundo ha pasado al otro extremo. Aceptaron a los talibanes como una organización legítima, firmaron el acuerdo de Doha con ellos sin que los talibanes hicieran ninguna concesión ni aceptaran ninguna condición. Nunca hubo una presión política significativa sobre los talibanes. Mi énfasis está en que la comunidad internacional persuada y obligue a los talibanes, de modo que no tengan más remedio que comprometerse con el resto de la sociedad en Afganistán.
Sin embargo, los países de la región han adoptado un enfoque diferente en su compromiso con los talibanes. Las naciones de Asia Central, principalmente Uzbekistán, Kazajistán, Kirguistán, Turkmenistán y Azerbaiyán, se han comprometido con el régimen de forma incondicional, con el pretexto de la seguridad y los lazos económicos. Rusia se convirtió en el primer país en reconocer al Talibán como gobierno el 12 de junio de 2025. Mientras tanto, el Norte global aún no ha definido una política clara más allá de la ayuda humanitaria para Afganistán.
Ahora es el momento de reactivar el diálogo político liderado por las mujeres. Sí, los líderes del pasado cometieron errores. Pero eso no significa que debamos renunciar por completo a la política. Los políticos deben volver a liderar, porque el cambio es posible, tanto desde dentro como en toda la región. Debemos reconstruir la confianza y encontrar un camino a seguir, o las consecuencias serán duraderas. Los derechos de las mujeres, como todos los derechos, deben estar en el centro de una solución política más amplia, y no utilizarse como moneda de cambio.
El diálogo político es crucial. Ahora estamos en proceso de movilizarnos o remobilizarnos como políticos para recuperar nuestro discurso. En este contexto, lo que pedimos a las naciones amantes de la libertad del mundo es lo siguiente:
Garantizar que los autores de violaciones de los derechos de las mujeres sean llevados ante la justicia.
El 28 de noviembre de 2024, España, junto con Chile, Costa Rica, Francia, Luxemburgo y México, remitió formalmente la situación en Afganistán a la Corte Penal Internacional (CPI) en virtud del artículo 14 del Estatuto de Roma. La remisión solicitaba al Fiscal de la CPI que investigara los crímenes generalizados y sistemáticos cometidos contra las mujeres y las niñas en Afganistán desde el regreso al poder de los talibanes.
España desempeñó un papel clave en esta acción coordinada que envió un poderoso mensaje no solo a las mujeres de Afganistán, sino a la comunidad internacional en general, de que la rendición de cuentas sigue siendo posible y que aquellas a quienes se ha silenciado no serán olvidadas.
Esta iniciativa colectiva dio un nuevo impulso a la investigación en curso de la CPI sobre la situación en Afganistán, que ya se había reanudado en 2022 tras años de estancamiento. La remisión volvió a centrar la atención en la persecución por motivos de género, un aspecto fundamental del régimen de control talibán.
El 15 de julio, la Corte Penal Internacional (CPI) emitió órdenes de arresto contra dos altos mandos talibanes. Para muchos que están familiarizados con el funcionamiento de las instituciones internacionales, estas medidas pueden parecer simbólicas o meramente ceremoniales. Pero para nosotros, son motivo de esperanza. Esperanza para millones de mujeres y hombres en Afganistán, tanto dentro del país como en el exilio. Esa esperanza reside en la creencia de que el mundo no nos ha olvidado. Aunque el impacto legal sea limitado, el impacto político puede ser algo a tener en cuenta, ya que crea división entre las filas talibanes. Y eso es exactamente lo que queremos. Su unidad ha sido su fuerza. Un talibán debilitado y dividido podría abrir la puerta al diálogo y a un posible acuerdo político.
Si los talibanes siguen gobernando Afganistán como lo hacen ahora, mi mayor temor es que la gente, especialmente la generación más joven, comience a perder la fe en los valores democráticos. Si nosotros, las fuerzas políticas reformadas y transformadas, no actuamos rápidamente para restaurar el orden constitucional y lograr un cambio real, el vacío será llenado por la radicalización. Los talibanes ya han establecido miles de madrasas en todo el país. Si no respondemos, no sólo estará en juego el futuro de Afganistán, sino también el de la región y, tal vez, incluso el del mundo.
Fawzia Koofi, exparlamentaria y activista afgana. 15 de agosto de 2025








